martes, 24 de julio de 2007

"El Cantar de los Cantares" de Carlos Morales, por Luís María Anson

David Honl

Carlos Morales
y
«El Cantar de los Cantares»

Luis María Anson


La novia, hermosa como las tiendas de Quedar, dulce y encantadora como Jerusalén, terrible como un ejército en orden de batalla, enferma de amor, de amor muriendo, le dice al novio: «invítame a tu alcoba, disfrútame y gocemos, y déjame que alabe el vino de tu amor, al hombre entre los hombres más amado».
El novio quiere escuchar la dulzura de la voz deshabitada y probar el azúcar del talle de la amada, y la seda caliente. Por eso le habla de sus ojos que son palomas que emergen de su velo; de la cinta escarlata de sus labios; y de sus pechos «como crías mellizas de gacela que saltan hacia mí, paciendo entre azucenas por los valles». Le habla el novio, en fin, de su boca que «destila miel virgen sobre mí, la leche y la miel que ocultas debajo de la lengua…» Y aspira entre jadeos sus aromas de canela fina.
La novia, enferma de amor, se extasía: «Por el hueco de la cerradura mi amado su mano entró y mis entrañas temblaron». Dice que los ojos de su enamorado son «palomas en la orilla del río», manaderos de mirra son sus labios, y sus piernas «columnas de alabastro creciendo hacia lo alto sobre basas doradas».
El novio, erecto el deseo sobre los carros de Aminadab, se complace en las caderas de la amada, en su ombligo rebosante de vinos aromados y en su vientre, montón de trigo encinto de azucenas. Vuelve a cantar las «gacelas mellizas de sus pechos», las aguas desbordadas de sus ojos y su rostro que flota en el aire como el Monte Carmelo. Prueba el novio el vino generoso del paladar manante de la amada, enlaza su talle flexible como una palmera y asciende tembloroso hacia los racimos de uvas de sus pechos.
La novia invita al amado a beber «del licor de mi granada». Su pasión es insaciable hasta la devastación, «saetas de fuego son sus flechas, llamaradas de Yahvé». Ni los ríos podrán anegar el fuego de su amor pues «mis pechos son las torres, y yo una muralla que a mi amado protege en su refugio».
Bellos, bellísimos versos de El cantar de los Cantares los que ha escrito Carlos Morales en su versión de El Toro de Barro. De ese poema asombroso deriva casi entero San Juan de la Cruz. Desde la versión de Fray Luís en 1561, los amores de Salomón y la Sulamita han conocido cien traducciones y adaptaciones desde la puramente erótica al símbolo alegórico de Cristo y la Iglesia. Entre tanta agitación política, en fin, como nos sacude estos días, reconforta detenerse a leer estos versos admirables de Carlos Morales, que ha convertido en actualidad periodística El Cantar de los Cantares.




Luís María Anson
de la Real Academia Española



(«Canela fina» publicada en el Diario LA RAZÓN el 5 de junio de 2003)

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo ya no sé qué pensar de él. Como columnista es un personaje demasiado enriscado, pero como lector, se sale, se sale...
Andrea Saiz
Barcelona

Anónimo dijo...

Me refiero a Anson, a Ansón, claro...
En cuanto al Cantar....qué decir...
Carlos Morales se prodiga muy poco, pero cuando aparece se nota, vaya si se nota.
Andrea Saiz
Barcelona

Anónimo dijo...

La verdad es que esta versión del Cantar merece todas las "Canelas finas" que pueda hacer Anson. Yo he leído cosas de Carlos Morales. Su "Libro del Santo Lapicero" es poco común. También asistí a la lectura de su "Danza del Burka", que se leyó en Bruselas con motivo del segundo aniversario del atentado del 11 de Marzo. Y yo me pregunto cómo es posible que la misma persona sea capaz de hacer poemas ran duros y demoledores como este Burka y al mismo tiempo conseguir algo tan tierno, tan maravilloso, tan...como este Cantar de los Cantares...

Simone Lerch
(Bruselas)

Shandy dijo...

Interesante esta versión (aunque la recomiende Ansón. Perdón, me salió pareado).

Myriam dijo...

Sublime. Los versos citados de la Versión de Carlos transportan y uno sin darse cuenta se extasía en una mezcla de erotismo y misticismo que algunos ven como vías separadas (a mí me resulta difícil delimitar fronteras) y me recuerdan los éxtasis místicos de San Juan de la Cruz y de Sta. Teresa de Ávila.